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El Coloso de Leicester

Mayo 31, 2007 by Phil Blakeway

Seamos justos. Guardemos el necesario equilibrio. Olvidemos hoy las maldades de los Loe y compañía. Lean hoy las andanzas de un buen tipo: Dean Richards, “Deano”.

El enorme jugador inglés, y tomen el adjetivo tanto en su acepción física como de calidad técnica, nacido en 1.963 en Nuneaton, Warwickshire, definió una época en la delantera inglesa: la de la “trituradora”. Efectivamente, los avatares de los últimos años ochenta le situaron junto a Wade Dooley, Paul Ackford (ambos policías al igual que Deano), Mickey Skinner, Brian Robinson, John Hall, Peter Winterbotton, Jason Leonard, Paul Rendall o Jeff Probyn, conformando el más aterrador grupo de delanteros de este hemisferio en el último tercio de siglo, los que devolvieron a Inglaterra el orgullo de un equipo que hasta la aparición del gigante de Leicester se conformaba con evitar la Cuchara de Madera. Que papelón el de sus sucesores el pasado sábado en Bloemfontein, con derrota aplastante frente a los Bokke. En días así adivinamos a Deano silencioso sorbiendo lentamente su espumoso zumo de cereal.

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Lo cierto es que se unió al equipo ingles un primero de marzo de 1.986, para sustituir en la tercera línea a un desafortunado jugador del Coventry R.C, Graham Robbins, y lo hizo con la mejor suerte, pues marcó dos ensayos culminando la que los delanteros sabemos es la mayor humillación que se puede inflingir a nuestros contrincantes: el “push-over try”, que por dos veces sufrieron los irlandeses de Sean Fiztgerald.

Richards, desde luego, no era un advenedizo, pues además de su ya consolidada situación en los Tigers, había jugado antes en Francia (un año en Roanne) y acumulaba experiencia internacional con las categorías inferiores de la Rosa. Que se lo pregunten a Gaby Rivero, Javichín Díaz o Paco Méndez del XV del León. Para muestra la instantánea que sigue: Inglaterra U-23 v España XV en Twickenham, año 1.985 (Deano es la “cabeza” del extremo derecho), 15-10 para los locales, sorpréndanse y adviertan también en la foto a destacados jugadores como Kevin Simms o Andy Robinson “the mouse” ex-seleccionador inglés.

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El caso es que la delantera inglesa, a pesar de Dooley, era vapuleada donde quiera que jugaba y era necesario un revulsivo. Algún inspirado “alickadoo” de la RFU pensó en el desmañado Dean y se produjo su incorporación, para desgracia de los irlandeses, que perdieron 25-20, aquel frío marzo de 1.986, con “Twickers” a rebosar y una considerable capa de nieve sobre el campo. Fue la primera de sus 48 “caps”, que le llevarían a ganar un par de Gran Slams y a su adiós, también contra Irlanda un 16 de marzo de 1.996 (25-18).

Entre esas dos fechas pudimos verle en la victoria y en la derrota, pero siempre digno y duro, respetado por sus compañeros y temido por sus rivales. Solamente la impericia de unos acomplejados le privó de jugar un papel principal en la Copa del Mundo de 1.991, la que debían ganar los del hemisferio Norte, pues fue retirado en cuartos de final en el malhadado partido contra Francia para que su amigo Skinner ocupara la plaza de “cierre”, revelando una vez más la absoluta desorientación del plantel técnico inglés que les llevaría a desdibujar su estilo de juego y finalmente a la derrota en la final que ganó por vez primera Australia.

Durante su carrera sufrió tres veces un ostracismo obligado: la primera en 1.988, cuando, es conocido sobradamente, pateó durante toda la noche por Princes Street (Edimburgo) la Calcutta Cup en compañía de John Jeffrey. Claro que nuestro hombre recibió por toda sanción un partido de suspensión y sin embargo el Tiburón Blanco fue suspendido por la Scottish Rugby Union durante seis meses. Ambos financiaron las reparaciones del centenario trofeo.

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La segunda vez en 1.990 debido a una inoportuna lesión de hombro, que le hizo perderse el V Naciones correspondiente y la tercera en 1.992 por una desafortunada mezcla de lesiones y decisiones técnicas, de las que se resarciría demostrando toda su valía en su segunda comparecencia con los British & Irish Lions en la gira de 1.993, en la que no obstante la derrota 2-1 en el cómputo de “test-matches” frente a Nueva Zelanda, mantuvo viva a la delantera visitante. Ese fue su segundo “tour” Lion, digo, porque en el primero, en 1.989, ganado por los visitantes frente a Australia (aquel fallo de Campese que permitió marcar a Evans), su presencia e inteligencia táctica dió la victoria a los rojos en el decisivo segundo partido, conocido hoy como la “Batalla de Ballymore”.

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Exactamente igual que en 1.989 y para vengar el resultado de la gira veraniega de 1.993, en noviembre de ese año, junto a Tim Rodber y Ben Clark, destrozó a los All Blacks de Arran Pene en La Catedral, en un partido sin ensayos ganado 15-9 por los ingleses. Aquello se celebró por todo lo alto, pues ni los más viejos recordaban ya una victoria sobre los neozelandeses.

En 1.994 participó en una nueva gesta inglesa, Inglaterra derrotó 15-32 a Suráfrica en Pretoria, anticipando lo que se esperaba una gran actuación en la Copa del Mundo de 1.995, que Jonah Lomu en aquel partido de semifinales se encargaría de anular.

Después de su última comparecencia con Inglaterra terminó la temporada con Leicester y pasó a ser el entrenador de los Tigres, con los que ganó, en perfecta conjunción con Martin Johnson, cinco títulos de la Premiership. Sin embargo, en la cruel era del profesionalismo, dos años sin títulos le llevaron al despido inmisericorde, con enfado monumental (no obstante su condición de accionista) y petición formal de “devuélveme todos los regalos que te hice” y “borra mi nombre del bar del estadio”. En fin, pataleta de órdago.

Emigró entonces al Grenoble francés (por allí pululaba uno de nuestros próximos villanos, “L’homme et demi” Olivier Merle) y tras una temporada fue contratado como Director de Rugby de los London Harlequins, a los que haría regresar a la Premiership en sólo un año. El resto ya es algo sabido.

Fue Richards un tercera de sobresaliente liderazgo en el campo y de características técnicas particulares, pues parecía que el juego iba hacia él, lo que conseguía con unos adecuados ángulos de carrera y una lectura precisa de cada situación. En las fases de conquista fue igualmente temible, pues en unión de sus compañeros policías y del jovial Moore las touches de muchos Torneos de las V Naciones fueron inglesas durante años, y junto con Skinner o Teague sembró el terror entre los Mesnel, Mullin o Ring de la época.

La semana que viene toca villano.

Phil Blakeway

Una Respuesta a “El Coloso de Leicester”

  1. McBladder Says:

    Such a wonderful website… Congratulations.
    Deano, best “8″ ever. I’m afraid I’ve missed to many words but guess it’s accurate and respectful.

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