Internacional, Leyendas

La tierra del Sol Naciente

por Phil Blakeway • 5 Septiembre 2008 | 03:49

Tanaka Ginosuke (1873-1933) nunca supo de la existencia de una Copa del Mundo. Tampoco Edward Bramwell Clark. Ambos estudiaron en Cambridge, el japonés último epígono decimonónico de aquellos pescadores shintoistas secuestrados por el rapaz pirata Cavendish, merodeador del Tornaviaje de Legazpi, en tiempos de la aviesa Reina Virgen. Ginosuke se instruyó bien en la centenaria universidad, va de suyo, pero además adquirió la improbable habilidad de manejarse decentemente con un balón ovalado. Serendipity, que dirían los británicos: producto de la Era Meiji, enviado para empaparse de Occidente, retornó a su país para iniciar una carrera en el primer banco moderno del Japón sin pensar que sería recordado por la afición adquirida en la brumosa Albión.

Ginosuke

Edward Bramwell Clark había nacido en la agitada ciudad portuaria de Yokohama, se dice que hijo de un panadero. Lo cierto es que fue compañero de Ginosuke en Cambridge y cuando se conocen aquel ya es profesor de inglés en la tokiota Universidad Keio y quiere que sus alumnos aprovechen el tiempo entre las clases. Así que en el campus fundado por Fukuzawa Yukichi en 1858, jugaron por primera vez al rugby los naturales de la Isla del Sol Naciente.

Hubo simbiosis. La planta arraigó. Hoy el Japón es el cuarto país en número de practicantes, más de 125.000, cantera suficiente para un solvente equipo nacional, presente en todas las Copas del Mundo. Nunca han obtenido un resultado relevante frente a los más grandes, han recibido correctivos tan espectaculares como el de aquel enfrentamiento con los All Blacks en Suráfrica en 1995 (145-17), pero nos han deleitado con partidos como el que les enfrentó a País de Gales en la última edición del torneo mundial, que fue un verdadero espectáculo.

XV de Japón bajo la estatua de Date Masumune

Cuando juegan los del crisantemo nunca veremos a un equipo rendido y quien bregue en clubes de ciertas carencias siempre podrá aprovechar algún detalle técnico salido del laboratorio de ideas de quienes han convertido en arte el hacer de la necesidad virtud. En cualquier caso, como casi todo lo que viene del Lejano Oriente, la mera existencia del rugby japonés es un arcano para nuestras mentalidades aristotélicas. En el país de los gigantes del Sumo (por más que sorprendidos hoy por polinésicos, rusos y georgianos), han de recurrir regularmente a samoanos o incluso anglosajones para aportar peso y estatura a su delantera, lo que no les evita jugar con una tremenda desventaja las lides del juego en que los ocho de delante están comprometidos. Los de atrás, a los que tal particularidad expone a plausibles desastres defensivos, no han dejado de contar desde al menos 1987 con algún foráneo entre sus filas. Y es ahí donde comienza la demostración de excelencia: desde la menor de las categorías hasta la selección nacional, se empeñan el técnico y el jugador japonés en un concienzudo y parsimonioso desarrollo de de las habilidades individuales y colectivas -el camino de los Cinco Anillos- hasta tal punto que fueron calificados con displicencia occidental, con desdén innecesario, de reiterativos, predecibles y rígidos en su concepción del juego. Si algo hubo de eso, trabajan para evitarlo al menos desde que Seiji Hirao o Toshiyuki Hayhasi, respectivamente el apertura y el pequeño segunda del Oxford XV demostraran que son capaces de competir con sus pares occidentales de igual a igual.

rugby bajo el Monte Fuji

Aunque hay constancia de partidos desde 1874, sólo participaban expatriados y visitantes circunstanciales anglosajones entre los que imaginamos incluso a algún compatriota del Comodoro Perry. No fue, sin embargo, sino desde que Ginosuke y Clark se empeñaran, cuando algunos oriundos, aun recordados los últimos samuráis rebeldes, se toparon con el balón de extraña forma en 1899. La Unión Japonesa de Rugby se fundó en 1926 y el primer partido internacional iba a tardar 33 años en llegar, cuando derrotaron 9 a 8 a los visitantes canadienses. Para poco más habían de estar los súbditos del Mikado durante esa y la siguiente década, embarcados en una de las más desatinadas y crueles ensoñaciones nacionalistas del pasado siglo. Así que no volvemos a tener noticias destacadas del rugby nipón, a salvo el apoyo incondicional del príncipe Chichibu, hermano del ya terrenal emperador Hiro Hito, hasta la gira por Nueva Zelanda de 1968, donde sorprendieron a propios y extraños ganando seis partidos, incluidos los Junior All Blacks (19-23 para los visitantes). Mejor vendría la cosecha de 1971, pues en los fastos de la conmemoración del centenario de la RFU, perdieron solamente por 3-6 ante una Inglaterra que había viajado con lo mejor de su plantel a Tokyo. A partir de ahí, y a salvo la derrota de Escocia en 1989 en el Chichibonumiya Rugby Stadium por 28-24, varias veces hubo posibilidad de derrotar a alguno de los grandes del Hemisferio Norte y se consolidaron como uno de los más sólidos de lo que la IRB ha dado en llamar second tier countries. No destacaremos, en demérito de nuestros hoy protagonistas, que varios jugadores sobresalientes de aquella partida de caledonios como los Hastings o el capitán David Sole o los terceras Finlay Calder o el Tiburón Blanco estaban de gira por Australia con los Lions.

Desde entonces la profesionalización del código Union, aunque ha favorecido la competición interna insular dominada desde siempre por universidades (Waseda, con antiguos jugadores como el ex primer ministro Yoshiro Mori) y grandes corporaciones (Kobe Steel), ha abierto una nueva brecha entre japoneses y los de siempre, por más que sigan siendo invariablemente los representantes de Asia en la Copa del Mundo (para despecho de los voluntariosos coreanos, siempre cerca y a la vez tan lejos), o que detenten ahora el record mundial de puntos a favor (155 a 3 frente a Taiwan en 2002, para hacer olvidar aquel partido de Bloemfonteim). Y aunque en la Copa del Mundo de 2003 añadieron a su natural fair play y caballerosidad un juego electrizante y dinámico que les dio el honorífico título de mejor de lo que los anglosajones llaman minnows, a saber, los quieren pero no pueden, desde 1991 en que ganaron a la entonces prometedora Zimbabwe por 52 a 8, no han conocido la victoria en ese torneo. Para consuelo el empate a 12 frente a Canadá en 2007 a la que superaron en la clasificación por el bonus de la ajustada derrota ante Fiji (31-35).

Así que aunque los antes llamados Cherry Blossoms dominan sin problema su zona de influencia (el reciente V Naciones Asiático), y los tests contra países como Georgia (32-7 en 2007) o nuestros mismos Leones (44-29 en 2005), a la hora de la verdad, Tonga, Fiji o Samoa, en la novedosa competición del Pacífico les dejaron relegados a la Cuchara de Madera. En sus vitrinas, sin embargo la segunda y hasta ahora última edición de la llamada Copa de las Superpotencias, que en 2004 les enfrentó a Rusia, los Eagles norteamericanos y Canadá.

Rumian hoy día otra derrota que consideran aún más amarga. Y es que quisieron organizar la venidera Copa del Mundo de 2011 y su candidatura se quedó en el camino, de paso demostrando que eso de que la IRB quiere un deporte verdaderamente “global” es pura retórica. Que lo piensen los que creen que los alickadoos están interesados en los Juegos Olímpicos…

Lo mejor de los herederos de nuestro Ginosuke compiten desde 2003 en una liga semiprofesional con equipos como Kobe Kubelco Steelers, World Fighting Bull, NEC Green Rockets, Ricoh Black Rams o Sanyo Black Knights. Le sigue la liga tradicional (Nihon Shensuken) con prácticamente los mismos equipos franquiciados para aquella otra más las universidades destacadas como Waseda o Kanto Gaukin en la última edición y el campeón de la Liga Nacional de Clubes (Tamariba). Además, por el habitual sistema de eliminatorias, disfrutan de la Microsoft Cup y de una bien establecida competición nacional de Universidades.

Más de 125.000 fichas, ligas bien estructuradas, presencia internacional destacada y una cierta popularidad para lo que en general es considerada una práctica deportiva gaijin, bajo la dirección técnica de John Kirwan.

Para sí lo quisieran por otras latitudes.

Phil Blakeway

Phil Blakeway es nuestro especialista en rugby en blanco y negro. Impenitente crítico y viejo partidario del siglo XIX.

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9 comentarios

  • muy bueno, enhorabuena

  • mis felicitaciones phil por este gran articulo,
    saludos

  • Cada dia me asombro mas al comprobar la profundidad de este pozo de ciencia

  • buenisimo articulo del rugby japones,q como dices siempre nos deleitan con buen juego, su tamaño siempre es una desventaja, sin embargo tienen al maximo trymen de todos los tiempos Daitsuke Ohata, que para mi lo unico q le falto fue jugar en el Super12 o algun equipo de Heineken Cup, para ser uno de los wingers mas impresionantes de la historia.

  • Felicitaciones! Artículo muy bueno, muy interesante. Solamente notar que el equipo de Georgia que jugó en 2007 en Japan era una “tercera” equipa y por lo tanto el resultado es enganador.

  • Un artículo buenísimo, que nos ilustra sobre el rugby allende los mares en la tierra donde nace el sol. Si me permites te diré, que la redacción, bueno a veces costaba seguir la historia. Pero me ha encantado.

  • David Suárez

    Despues de mucho buscar he llegado a la conclusión de que “alickadoos” es algo así como burócrata pero en la peor de sus acepciones. Lo siento, pero me pierdo con el ingles.
    Saludos.

  • David-Maldini

    Gaijin significa extranjero, verdad?? La frase de práctica deportiva gaijin viene a referido a que es un deporte de origen extranjero o a que a los japoneses les gusta mantener las distancias entre sus deportes originarios y los deportes “importados”

  • David S, efectivamente el término se refiere a ese tipo de burócrata y es jocoso, pero no demasiado peyorativo en inglés, más bien irónico… en fin los matices del humor de aquellos isleños.

    David M, también tienes razón. En realidad lo que ocurre es que los medios de comunicación japoneses miran con cierto despego al rugby (sólo lo dan las TV por cable y muy rara vez algún partido en abierto) cuando en número de presuntos seguidores podría tener más aceptación. Precisamente algunos de los criterios utilizados por la IRB para descartar la candidatura japonesa fueron debidos a la existencia o no de público potencial, a las proyecciones de audiencia, a la asistencia habitual a los encuentros de las competiciones japonesas etc.

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