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Fabien Pelous a la retraguardia

por Phil Blakeway • 24 Abril 2009 | 19:51

Fabien P

Le conocí en 1992, en el ya decrépito Central de la Ciudad Universitaria de Madrid. Un chaval entonces, de la quinta de 1973, había venido capitaneando al equipo francés Junior que conquistó el campeonato mundial de la FIRA frente a los creativos y sorprendentes “Pumitas” de Mario Ledesma (que jugaba de tercera línea), Martín Grau o el actual seleccionador Santiago Pheland, en un soleado domingo del mes de abril de aquel año. Eran esos acontenimientos de los que disfrutábamos cuando la FER (no demasiado, no vayan a creer) tenía algún peso y cierta iniciativa. Qué tiempos, habíamos ganado a Rumanía a principios de mes y nuestros junior hicieron lo propio frente a los escoceses sin que nadie lo hubiera esperado. Pero esa es otra historia.

Volví a hablar con el gigante francés en Biarritz, creo que fue en 2002, en una escapada subrepticia y camuflada como viaje ineludible de trabajo, después de un partido de esos en los que los dos paquetes de delanteros salen al campo bien calentitos y regresan con marcas indelebles -algunas más- en sus lacerados rostros. Le pregunté por el desempeño de los delanteros foráneos en la competición francesa y me agradó su respuesta: “hay quien dice que no se adaptan bien a nuestro juego, pero hoy Isi (Isitolo Maka), me ha salvado la cabeza”. Era cierto, porque un descomunal pilier del equipo local, el neocaledonio Sotele Puleoko (1,93 metros por 135 kilos) pudo haber dañado severamente a nuestro homenajeado. Isitolo Maka, el tongano, otra fuerza de la naturaleza que atesoraba cuatro caps con los All Blacks, no dudó en interponerse entre la bota de Puleoko y la cabeza de Pelous para recibir el impacto. Fue en el lado cerrado, el árbitro no lo advirtió y además la acción fue tan desordenada que tengo para mí que el propio Puleoko no sabía que la cara de Pelous estaba en juego. Era el primer año de Maka en el Stade Toulousian y ya se había ganado el respeto de sus compañeros: ahora tenía además el aprecio de su capitán, que ese día lo era, aunque no definitivamente.

Deja la primera línea de fuego, pero no la batalla, que un jugador de su talla nunca se va. De manager de Francia A, se queda por ahora. Retiro complicado el del gran jugador en labores de técnico. Muchos lo intentan, pocos alcanzan el mismo éxito. Pelous es un tipo inteligente y tiene buenas bazas a su favor: las mismas que demostró en el campo de juego para vestir 118 veces el escudo del Gallo, desbancando al mítico Phillipe Sella con sus 111. Debutó frente a Rumanía en 1995 (era casi una tradición en la era amateur que ya tocaba a su fin, para ver el empaque del neófito ante los rocosos balcánicos) y lo hizo bien. Se unió así al Batallón de los Segundas Líneas de Francia, destacado destino donde han servido tipos tan cabales en estas lides como Alain Lorieux, Olivier Roumat o Francis Haget, en el que iba a alcanzar el grado de Mariscal, con honores especiales por haber estado comisionado en la tercera línea en más de una ocasión, como Abdel Benazzi, Jean-Charles Orso, el desgraciado Marc Cécillon, Jean-Luc Joinel o el mismísimo Walter Spanghero “L’homme de fer”.

Como decíamos, nuestro hombre había gustado ya de las mieles del rugby internacional con la selección Junior y con la selección A de Francia. Con la primera, en Madrid, con un equipo en el que formaban futuras estrellas del XV Bleu como Raphaël Ibañez (casi da rabia escribirlo a la francesa), Olivier Magne, Gérald Mercerón, Yann Delaigue o un centro-ala llamado Sébastien Loubsens del que ya casi nadie se acuerda y quien, andando el tiempo, jugaría con España en el Mundial de 1999. Con esas credenciales y tras su paso desde el SC Saverdan, el club de sus orígenes, el SC Graulhet y el legendario Dax de Laurent Rodríguez, no es de extrañar que le llamaran para la Copa Latina de 1995 y que formara con el equipo que derrotó a Rumanía por 52 a 8 en Tucumán. Y así hasta 118 ocasiones, hasta que los ingleses aparataron a la desbaratada Francia de 2007 de su camino hacia la Copa William Webb Ellis en Paris, pues ya no jugaría el partido frente a Argentina por la tercera plaza. Aunque no fue esa su mayor desilusión, ya que bastantes años antes y con un equipo mejor, los australianos les dejaron con la miel en los labios en Cardiff, en la final de esa competición de 1999, después de que los franceses hicieran la proeza de derrotar a las hordas de Lomu en las semifinales. Una pena, pero Finnegan y los suyos fueron mejores. Lo mismo malgustó en Sidney, cuatro años antes, cuando los futuros campeones ingleses ganaron a les bleus 24 a 7.

En el frente europeo fue más afortunado y el artífice, como capitán cuando le tocó y siempre desde la sala de máquinas del pack francés, de algunas de las mejores victorias francesas que recordamos (el 0-51 a País de Gales en Wembley el año 1998, la victoria sobre los Springboks en Marsella, por 30-10 en memorable test del año 2002, o el 24 a 21 en el clásico Le Crunch frente a los ingleses que les dió el triunfo en Paris para obtener la Grand Chelem de 2004, una de las tres que conseguiría.

No lo había anunciado al principio de la temporada, pero en Toulouse se sabía. Lástima que haya coincidido su último año con el aplastante dominio de la trituradora de Munster: hubiera sido bonito el entorchado de la Heineken de este año para las vitrinas de un jugador exquisitamente técnico en el lateral, el gran dominador del aire a lanzamiento de Raphaël Ibañez en la época de la estratosfera, aunque a fuer de ser justos hay que decir que cuando la elevación de los saltadores no era como la de ahora, el diminuto tolonés Marc de Rougemont también le sirvió balones exquisitos que cimentaron su fama en la jugada. En el juego cerrado ha sido un prodigio de fuerza y determinación, pero donde ha sobresalido sin parangón es en el abierto: sus incursiones entre los centros, ganando la línea de ventaja en tiempos de grandes murallas chinas, serán añoradas por los aficionados de todo el orbe rugbístico. Como ha dicho Laporte, no ha nacido quien le sustituya.

Ph. B.

Phil Blakeway es nuestro especialista en rugby en blanco y negro. Impenitente crítico y viejo partidario del siglo XIX.

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2 comentarios

  • David Suárez

       Con tantos Sires y diretes se me pasó tu artículo, Phil, y eso que lo esperaba. Algún día habrá que hacer algún homenaje al juego de segundas líneas, casi nunca vistoso (¡ya ni se puede saltar, que los terceras pesan menos!), siempre viendo pasar el balón bajo los pies para que los primeras se luzcan a cabezazos y los terceras lo recojan.
       En todo caso, creo que la aportación de Pelous al rugby “recien empieza”, que dicen los argentinos.
       Saludos.

  • phil, excelente articulo como siempre…  se fue el ultimo de una generacion de 2das lineas gigantes como lo fueron, john eales y martin johnson. del lado argentino puedo nombrar a pedro sporleder un gigante, puma de la segunda parte de los 90 y compañero de mario ledesma en su epoca amateur jugando en curupayti.
    a sebastien loubsens, lo tengo en mi equipo de pro d2 en el pro rugby manager 2005 como integrante del aurillac aunque ya estaba un poco veterano.

    saludos

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