Internacional, Leyendas

UN ENSAYO DESDE EL FIN DEL MUNDO

por Phil Blakeway • 17 Enero 2010 | 21:15

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Alguna vez he dicho que es el de Francia el equipo especializado en amargar la existencia a los All Blacks, con permiso, en contadas ocasiones, de los australianos.

A bote pronto recuerdo partidos como el de Nantes de 1986 o el de la copa del Mundo de 2007, pase adelantado incluido, o la última gira veraniega. De esos capítulos de la infatigable lucha entre norte y sur en la que Francia aventaja a sus compañeros de hemisferio, mi favorito es el de 1986, que vimos en TVE con comentarios de Martí Perarnau, un sábado de noviembre que seguía al del partido de Toulouse del anterior día 8 de aquel mes, fecha de la primera cap del gran Wayne Shelford (que no su primer partido como All Black), quien tuvo una actuación tan destacada que se convirtió en el objeto de atención de los delanteros franceses del test-match que refiero, con consecuencias por demás sabidas y que hoy no será menester repetir.

Hay sin embargo otros partidos mejores y cuyas victorias francesas, por inesperadas, los hacen especialmente dignos de rememorar. Uno en 1979, la Francia de Jean-Pierre Rives de la que ya hemos hablado en ocasiones; y otro en 1994, los años postreros de un tiempo para recordar entre pintas y nostalgias.

Jugaban en esa ocasión unos blues que iban a dar a Francia los dos máximos entorchados del V Naciones consecutivos, en 1997 y 1998, algo que no habían conseguido nunca y que se forjó en aquella gira por la Tierra de la Gran Nube Blanca. El 26 de junio de 1994 ya habían ganado (8-22) los franceses al equipo neozelandés en el que aparecía por vez primera el hombre que iba a cambiar la estrategia defensiva del rugby moderno: Jonah Lomu, y se pedía a gritos por la prensa de las antípodas una reacción contundente frente al descaro de Laurent Benezech, Jean-Michel González y Christian Califano (primera línea); Olivier Merle y Olivier Roumat (segunda línea), Abdelatif Benazzi, Philippe Benetton y Laurent Cabannes (tercera línea); Guy Accoceberry y Christophe Deylaud (medios); Philippe Sella, Thierry Lacroix, Emile N’Tamack y Philippe Saint-André (tres-cuartos) y Jean-Luc Sadourny (zaguero). El equipo local estaba atravesando una de esas fases de transición que tan mal le sientan, con veteranos de la primera Copa del Mundo, como John Kirwan o Richard Loe, Zinzan Brooke o Sean Fitzpatrick; jugadores que eran ya parte de la médula del XV negro, como Ian Jones o Frank Bunce y otros novatos como Larsen o Lomu. El resultado no pudo ser mejor para los franceses: ganaron otra vez, 20 a 23, remontando un partido complicado merced a la pericia, la fe y la magia que antes tenían por el emblema de su juego, cuando Saint-André decidió que los presentes en Eden Park, aquel día de julio de 1994, tenían derecho a conservar indeleble en sus retinas los pasos de una danza que anulara a la de sus contrincantes polinésicos: la del genio y el viento que empuja el puro goce de esquivar, apoyar, pasar y celebrar, con una partitura que tuvo como autores al mismo Saint-André, a Xavier Blond, que había entrado por Benetton y se dejó la rodilla en la jugada, al talonador de Bayona Jean-Michel González, a “le farfadet de Portet” Deylaud, quien aprovechó el lado de Lomu y sus carencias para lanzar al infatigable Abdel Benazzi, a N’Tamack, a Cabannes, el resucitado de un accidente de tráfico y sus mil fracturas, al menudo Delaigue y a Accoceberry, el medio de melé que juzgó certeramente que era Sadourny quien debía ensayar: l’essai du bout du monde.

No lo olviden nunca. El rugby fue lúdico y ahora lo es menos. Por eso hay que recordarlo. Otro día volveremos a las filosofías del esfuerzo común y la diversión.

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Phil Blakeway es nuestro especialista en rugby en blanco y negro. Impenitente crítico y viejo partidario del siglo XIX.

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