Editorial
LA RETIRADA
por Phil Blakeway • 5 Marzo 2010 | 10:36
Asunto particular para la secta oval, porque les referiré, casi seguro, lo que la mayoría quiere leer: una paradoja de esas que se estudian en las Escuelas de Filosofía de las mejores universidades teutonas, sea el enunciado que un jugador de rugby no se retira nunca. Y sin embargo, sabemos que no es así. Que llega un momento en que los golpes que dolían durante un par de días lo hacen durante tres semanas; en que el balón que facilmente recuperábamos se lo lleva un contrario que ni vimos llegar; en que ni las mil tretas ni diez mil melés vividas impiden que el insultantemente joven talonador contrario nos haga restallar las cervicales; en que agradecemos física, que no moralmente, el cambio que nos otorga el entrenador recién comenzado el segundo tiempo. Hay que tomar una decisión. Esa ocasión que veníamos soslayando desde hace tres o cuatro temporadas pero que sabíamos que había de venir.
Nos aposentamos entonces en la banda, apoyando si es menester al delegado del club; o quizás poniendo recursos personales y profesionales a disposición de los colores por los que sufriste y sudaste y sacrificaste retazos de tu vida compensados por mil satisfacciones de esas que se desconocen más allá de palos y palos; o algunos, que habían ido preparando previsoramente el camino, orgullosos de sus títulos federativos, inician sus andanzas como técnicos en el humilde y pundonoroso tercer equipo del club, ese batiburrillo de juveniles de último año, veteranos impenitentes que han olvidado el olor de una cena caliente por no fallar a un sólo entrenamiento y ocupadísmos profesionales que no pueden comparecer con aquéllos los jueves por la noche pero que completan con su presencia la alineación del equipo en la más olvidada categoría de la competición. Otros deciden sustituir, de mala gana, las melés disputadas por las pactadas, en los torneos de veteranos, aunque bien sabemos que las más veces se acaba desechando esa inexplicable regla (¡cómo que no vamos a empujar!). Hay alguno, conocido cercano les aseguro, que aun lleva en el maletero del coche unas viejas botas (¡Adidas Flanker!) manchadas de barro de mil campos, por si acaso, que nunca se sabe cuando surge la ocasión, y lo demás es accesorio, siempre hay alguien que lleva pantalones y medias de más. También se habla de dos o tres sujetos, que yo no conozco, que cerrada la bolsa después de su último partido, no han vuelto a ser vistos, no se sabe si porque han abandonado el mundanal ruido desolados por la nostalgia oval o porque se han sumergido en la vorágine de la vida mercantil olvidando la épica y la intensidad y la pasión y la amistad y el pacto de sangre de heridas y sudor de agotamiento y hierro de tacos que hacemos cuando pisamos el país de William Webb Ellis por primera vez. Pero lo de esos desalmados más me parece un rumor infundado.
Así que es cierto, que por ventura no hay retirada posible. Adviértanlo a aquellos a los que recomienden el ingreso en la secta y asúmanlo si es a sus vástagos a los que introducen en el oscuro conocimiento de los arcanos ovales. Por mi parte, resignado, voy cumpliendo lo que me toca.

Phil Blakeway es nuestro especialista en rugby en blanco y negro. Impenitente crítico y viejo partidario del siglo XIX.
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HARPO
En mi caso también me queda poco para la retirada y la verdad es que me niego, como bien dice el articulo, nunca te retiras de esta secta.
Si el cuerpo aguanta, hay que seguir.
Phil no sé si nos conocemos, es probable, pero aguanta, que luego el mono es muy duro, es lo que tiene ser adicto…..
Un saludo
Guillermo
Y que pasa con los que no habian jugado nunca como yo, que su relacion con el rugby se limitaba a ver las cinco naciones (hasta en blanco y negro) en la UHF con su padre, y ahora se ha convertido gracias a los hijos en el gran vicio.
En España y “gracias a la poca aficcion que hay” nos permite ver los partidos de cualquier categoria (desde jabatos con 5 años a senior con taitantos) a casi pie de campo.
Pato
Mi mujer me dice que sigo jugando porque llevo muy mal lo de la “mid-life crisis” (y que soy un inconsciente y todas esas cosas que ya habréis oído doscientas veces).
Pero de momento ahí estamos con el tercer equipo (que lo has descrito muy bien, Phil) y ni se me pasa por la cabeza colgar definitivamente las botas. Cada partido es un reto y un motivo de satisfacción, y tengo la misma ilusión o más que cuando tenía veintitantos.
Un saludo
Jeffrey
Precioso artículo. Creo que he de reconocer que yo sí me retiré, pero te aseguro que me emociona ver aún ese pantalón corto (cortísimo) Umbro, esa camisa de la rosa ya de color marrón clarito de todo el barro del norte que cogió en su día (con las mangas cortadas con tijera) y esas adidas lion de mi época, en la que se peregrinaba a la vecina Biarritz a por ellas…La mejor época de mi vida…
Nicolás
sigan jugando que la experiencia y “mañas” dentro de la cancha son tan necesarias como la velocidad, potencia y resistencia de mas jovenes. Yo soy pilar, tengo 23 años , jugue hasta los 20(por distintos motivos, si todo se acomoda un poco este año vuelvo a jugar) y me acuerdo que mis primeras experiencias en el plantel superior entrenando contra pilares veteranos(en esa epoca subimos muchos de mi edad porque todos los primeras lineas del club superaban los 30) eran durisimas no solamente por su fortaleza y por tenes como 100 y pico de años formando scrums:P sino por las trampitas q t ponen cuando forman, siempre tratan de primerear, t cruzan, tratan de derrumbar, etc, etc ,etc son unos mañosos.
un abrazo